Soledad

Soledad del migrante: lo que ayudó a Edgar en sus noches lejos de casa

Turnos de doce horas, un tren vacío de regreso y videollamadas que terminaban demasiado pronto. Esto fue lo que hizo la distancia más llevadera.

Por AnónimoEdgar, 33, guatemalteco, trabaja en un almacén en Nueva Jersey5 min de lectura

Una mujer sentada sola en una plaza, pensativa

Cada historia reúne vivencias de varias personas.

La historia

El regreso después de un turno de doce horas

El turno de Edgar en un almacén de Nueva Jersey termina a las once de la noche. Cuando se sube al tren, el vagón está casi vacío. Se sienta junto a la ventana, pasa las fotos de sus hijos en el celular y mira cómo se deslizan las luces de la ciudad.

En Quetzaltenango son las diez. Su esposa, Marleny, casi siempre sigue despierta. Los niños no. Así son casi todas sus videollamadas: la cara de ella iluminada por el celular, la voz bajita para no despertar a los niños y, detrás, la lluvia sobre el techo de lámina.

Lleva cuatro años en Estados Unidos. En ese tiempo se perdió cuatro cumpleaños de su hija, el primer día de clases de su hijo y la operación de su papá. Vio las fiestas de cumpleaños por video, cantando un segundo después que todos por el retraso de la señal.

“Aquí estoy bien”, le dice a Marleny cada noche. Lo dice tantas veces que casi se lo cree. Después la llamada termina, el cuarto del apartamento que comparte con otros cinco hombres se queda en silencio, y él se acuesta en la litera de arriba mirando el techo.

Lo que lo hizo difícil

Por qué la soledad del migrante pesa más de lo que la gente cree

Desde Guatemala, su vida se veía bien. Mandaba dinero cada semana. Subía fotos de la playa en su día libre. Sus parientes decían que era el que había salido adelante.

Nadie veía el otro lado. Los seis hombres del apartamento trabajaban en turnos distintos, así que siempre había alguien durmiendo y nadie hablaba de verdad. Su amigo más cercano del primer año ya había regresado a Guatemala. Se sentía de visita en dos lugares: un trabajador en Nueva Jersey y una voz en un teléfono en Quetzaltenango.

Para Edgar, la nostalgia era extrañar los días normales. Enterarse de la maestra que no le caía bien a su hijo. Estar ahí cuando aparecían goteras en el techo. Comer un pepián con el sabor de casa. Cada “aquí estoy bien” abría un poco más la distancia, porque su familia solo conocía la versión de él que él decidía mostrar.

También se sentía culpable por estar triste. Estaba ahí por su familia. Quejarse le parecía malagradecido, así que se lo guardaba. En sus días libres casi solo dormía, y al despertar, la soledad seguía ahí.

Lo que ayudó

Cómo Edgar enfrentó la nostalgia, un paso a la vez

El cambio empezó con una llamada honesta. Una noche, Marleny le preguntó: “¿Cómo estás de verdad?”. Él se quedó callado demasiado tiempo, y ella lo notó. Así que se lo dijo: se sentía solo, estaba cansado y no sabía cuántos años más iba a aguantar. Ella lloró un poco. Después le dijo: “¿Por qué no me lo dijiste antes? Somos esposos”.

Desde entonces cambiaron su forma de hablar. Dejaron una llamada larga para su día libre, con los niños despiertos. Entre semana se mandaban audios sobre cosas pequeñas: qué almorzó él, qué hizo el perro, una canción en la radio. Esos mensajitos lo hicieron sentirse parte de sus días otra vez.

También buscó gente. Un compañero de Huehuetenango lo invitó a una iglesia evangélica hispana que se reunía los domingos en la tarde. Estuvo a punto de quedarse en la cama. Fue, se sentó atrás y comió tamales con desconocidos que entendían perfectamente lo que quería decir cuando contó que extrañaba la lluvia de la tarde. En pocas semanas ya tenía un grupito con el que se reunía a orar y a comer.

Le dio forma a su día libre. Dormir un poco más, llamar a casa, después caminar o jugar un partido de fútbol, y luego la iglesia. Tener algo que esperar hizo que las semanas largas se sintieran más cortas.

Empezó a hablar con Dios en el tren de regreso, a veces con una sola frase. Puso Isaías 41:10 como fondo de pantalla del celular, para verlo cada vez que revisaba la hora.

Cuando el peso siguió ahí por semanas, el pastor le sugirió una psicóloga que atendía en línea y en español. Hablar con alguien preparado ayudó a Edgar a distinguir lo que podía cambiar y lo que solo le quedaba llorar.

Prueba esto hoy

Esta semana: acorta un poco la distancia

  1. Cuando alguien en casa te pregunte “¿Cómo estás?”, responde con honestidad.
  2. Cambia una llamada apurada por una más larga en tu día libre, cuando los niños estén despiertos.
  3. Manda un audio sobre algo pequeño: tu almuerzo, el clima, una canción.
  4. Busca una iglesia o un grupo de gente de tu país cerca de ti, y ve una vez.

Un versículo para hoy

No temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

Isaías 41:10

Para ti

Si esta noche estás lejos de casa

Si estás leyendo esto en una litera, en tu descanso o en un tren lejos de casa, ese dolor tiene sentido. Quieres a personas que están a un vuelo de distancia. Extrañarlas es parte de quererlas.

Prueba una cosa esta semana. Cuéntale a alguien en casa cómo estás de verdad. Busca cerca de ti un grupo de gente de tu país: una iglesia, un partido de fútbol, una comunidad. Manda un audio sobre algo pequeño.

Si la soledad ya dura más de dos semanas, o no te deja dormir, comer o trabajar, habla con un médico o un psicólogo. Muchos atienden en línea, y hablar con uno es un paso normal.

Si quieres un lugar para empezar esta noche, HopeBegins es gratis y funciona dondequiera que estés. Elige cómo te sientes y recibes algo pequeño para probar hoy, herramientas para calmarte, alguien que ore por ti y líneas gratuitas donde alguien te escucha. También puedes leer Cuando la soledad pesa, con algunas cosas que ayudan en los días solitarios.

¿No estás bien hoy?

HopeBegins es gratis. Elige cómo te sientes y recibe una cosa pequeña para probar hoy, herramientas para calmarte, alguien que ore por ti y líneas de ayuda gratuitas en tu país.

Lo que otras personas preguntan

¿Cómo sobrellevar la soledad de vivir lejos de la familia?

Ayudan más las cosas pequeñas y constantes: llamadas honestas con tu familia, una iglesia o una comunidad de tu país cerca, una rutina para tus días libres y alguien con quien hablar cuando pesa demasiado. Si la soledad dura semanas, un psicólogo puede ayudarte, y muchos atienden en línea y en español.

¿Es normal extrañar tanto a mi familia después de años fuera?

Sí. La nostalgia puede volver en cualquier momento, sobre todo en cumpleaños, fiestas o problemas familiares en los que no puedes estar presente. Contarle a alguien cómo te sientes suele hacerla más ligera.

Las citas bíblicas son tomadas de la Reina-Valera (1909), de dominio público.