Soledad
Soledad en una ciudad nueva: el primer año de Joselyn en Quito
El trabajo era el sueño. Los fines de semana eran la parte difícil. Así fue como Joselyn hizo que Quito se sintiera, poco a poco, un poco más como su casa.
Por AnónimoJoselyn, 24, recién llegada a Quito desde Guayaquil5 min de lectura

Cada historia reúne vivencias de varias personas.
La historia
Cenar sola en una ciudad de millones
A Joselyn le llegó la oferta en enero: un puesto de analista junior en un banco de Quito. Su familia en Guayaquil lo celebró con un seco de pollo y una torta de la panadería cerca de su iglesia. Dos semanas después estaba desempacando en un departamento al norte de Quito del tamaño de su antiguo cuarto.
Entre semana todo iba bien. El trabajo la mantenía ocupada, y el trayecto en el trolebús se comía el resto del día. Los fines de semana eran distintos. Los sábados en la mañana se despertaba en silencio. Cenaba de pie junto al mesón de la cocina, viendo videos de su casa. Su mamá la llamaba todos los domingos: “¿Qué comiste, mija?”. Joselyn siempre decía algo más bonito que la verdad.
Se decía que era algo temporal. Que cuando se acostumbrara a la ciudad, todo iba a mejorar. Pasaron los meses y los fines de semana seguían igual.
En el trabajo, todos ya tenían su gente. Salían después de la jornada en grupos de amigos que se habían formado años antes de que ella llegara. Joselyn sonreía en la cocina de la oficina, decía “cuídense” en el ascensor y se iba a su casa.
Un sábado de mayo se dio cuenta. No había dicho ni una sola palabra en voz alta desde el viernes en la tarde. Se sentó en el piso de su departamento y lloró, y después se sintió tonta por llorar. Tenía el trabajo que quería. ¿Por qué se sentía así?
Lo que lo hizo difícil
Por qué mudarse a una ciudad nueva puede sentirse tan solitario
Joselyn nunca había estado realmente sola. En Guayaquil siempre había una tía que pasaba de visita, un primo en la puerta, la iglesia del domingo con las mismas caras desde que era niña. Nunca había tenido que hacer amigos desde cero. Simplemente estaban ahí.
En Quito todo costaba esfuerzo, y la soledad se come las fuerzas que ese esfuerzo necesita. Después de una semana larga, quedarse en casa parecía más fácil que entrar a un lugar lleno de desconocidos. Cada fin de semana encerrada hacía más difícil el siguiente.
También sentía que no tenía derecho a quejarse. Ella era la que se había ido, la del buen trabajo. Decir “me siento sola” se sentía como admitir que había fracasado.
La soledad también cambió cómo leía a la gente. Una compañera que respondía tarde parecía molesta con ella. Un almuerzo al que no la invitaron se sentía como prueba de que no pertenecía. Después descubrió que casi todo estaba solo en su cabeza cansada.
Lo que ayudó
Lo que ayudó a Joselyn a sentirse menos sola
El cambio empezó pequeño. Una compañera llamada Andrea comentó que era de Manta. Joselyn casi dejó pasar el momento. Después le dijo: “¡Yo soy de Guayaquil! ¿Almorzamos juntas?”. Comieron en el patio de comidas y estuvieron de acuerdo en que en Quito nadie hace bien el encebollado.
Joselyn se puso una regla: decir que sí a una cosa por semana, aunque estuviera cansada. Un cafecito el viernes con el equipo. Un club de corredores que se reunía a las 6 de la mañana en el parque La Carolina. Casi todas las semanas se sentía incómoda. Algunas semanas no, y esas bastaban para seguir.
Encontró una iglesia cerca de su casa y fue tres domingos seguidos antes de que alguien le hablara. El tercer domingo, una señora llamada Cecilia le preguntó si quería unirse a un grupo pequeño de jóvenes profesionales que se reunía los miércoles en la noche. Joselyn fue. Seis meses después, era la noche que más esperaba en la semana.
Hizo que su departamento se sintiera suyo. Una plantita del mercado, una foto enmarcada de su familia en la playa de Salinas y una olla arrocera para cocinar el seco de pollo de su mamá los domingos. El olor a casa hacía más llevadero el silencio.
Dejó de fingir con su mamá. En una llamada de domingo le dijo: “Ma, a veces me siento sola aquí”. Su mamá no se asustó. Empezó a mandarle audios todas las mañanas, pequeñas noticias sobre el perro y el mango del vecino. Joselyn los escuchaba en el trolebús.
En las noches más difíciles leía Salmos 46:1. Su abuela lo había escrito en la primera página de la Biblia que Joselyn trajo de su casa.
Prueba esto hoy
Esta semana: un sí pequeño
- Mira tu semana y elige una cosa a la que vas a decir que sí: un almuerzo, una clase o un culto.
- Escríbele a alguien de tu ciudad de origen solo para saludar, sin ningún motivo.
- Aprende el nombre de una persona que ves seguido, como el guardia o quien te atiende en la cafetería.
- Si el fin de semana está tranquilo, planea un motivo para salir de casa, aunque sea caminar hasta un café.
Un versículo para hoy
DIOS es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Salmos 46:1
Para ti
Si hoy sientes soledad en una ciudad nueva
Si te mudaste por trabajo o por estudios y tus fines de semana son silenciosos, esa soledad tiene sentido. Dejaste atrás toda una red de personas, y una nueva tarda en crecer.
Elige un sí pequeño esta semana. Un almuerzo, una clase, un culto en una iglesia, un saludo a alguien de tu misma tierra. Algunos se sentirán incómodos, y basta con que unos pocos funcionen.
Si la soledad se convierte en un ánimo bajo que dura más de dos semanas, o empieza a afectar tu sueño y tu trabajo, habla con un médico o un psicólogo. Es un paso normal, y la ayuda funciona.
Y para esta noche, HopeBegins es gratis. Elige cómo te sientes y recibes algo pequeño para probar hoy, herramientas para calmarte, alguien que ore por ti y líneas gratuitas de tu país donde alguien te escucha cuando el departamento está demasiado callado. También te puede servir Cuando la soledad pesa.
¿No estás bien hoy?
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Lo que otras personas preguntan
¿Es normal sentir soledad después de mudarse a otra ciudad?
Sí. Dejaste atrás a tu familia y a tus amigos, y las amistades nuevas tardan meses en formarse. Suele aliviarse a medida que armas pequeñas rutinas con otras personas.
¿Cómo hacer amigos en una ciudad nueva después de la universidad?
Di que sí a cosas pequeñas y constantes donde veas a las mismas personas cada semana, como un grupo pequeño de una iglesia, una clase o un club. Ver las mismas caras una y otra vez es como empiezan las amistades.
Las citas bíblicas son tomadas de la Reina-Valera (1909), de dominio público.
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