Ánimo bajo

Cómo Valeria dejó de compararse con todo el mundo en redes

Cada noche, las redes le decían que se estaba quedando atrás. Lo que la ayudó a soltar el celular y volver a ver su propia vida.

Por AnónimoValeria, 26, asistente de marketing en Lima6 min de lectura

Una mujer recostada en su cama por la mañana

Cada historia reúne vivencias de varias personas.

La historia

Medianoche, y todos se estaban comprometiendo

Era martes, un poco pasada la medianoche, cuando Valeria vio la tercera pedida de mano de la semana. Una compañera de la universidad, un anillo, una playa en Máncora, doscientos comentarios. Valeria escribió “¡Felicidades!” con tres corazones y se quedó acostada en su cuarto en Lince, sintiendo que algo pesado le había caído en el pecho.

Siguió bajando por la pantalla. Un excompañero de trabajo acababa de ascender a gerente. Una prima acababa de aterrizar en Madrid. Alguien del colegio había abierto una cafetería. Cada publicación era una buena noticia de alguien a quien ella quería, y cada una le caía como una pequeña sentencia: te estás quedando atrás.

Valeria tenía 26 años, un trabajo estable como asistente de marketing, un cuarto pequeño que pagaba ella misma y una familia en Arequipa orgullosa de ella. Nada de eso aparecía en las redes a medianoche. Lo que aparecía era el mejor día de todos los demás.

A la una de la mañana abrió su propio perfil y lo miró como lo miraría una desconocida. Última publicación: hace ocho meses, un plato de lomo saltado. Cerró la aplicación, la volvió a abrir y siguió hasta que le ardieron los ojos.

Lo que lo hizo difícil

Por qué compararte en redes sociales duele tanto

Las redes muestran los mejores momentos. La gente publica el anillo, el pasaje de avión y el nuevo cargo. Casi nunca publica la discusión antes de la pedida, la deuda detrás de las vacaciones o las horas extra que llegaron con el ascenso. Valeria sabía todo eso. Saberlo casi no le quitaba esa sensación de hundirse.

Estaba comparando su martes común y corriente con los mejores momentos de otras personas, y lo hacía a la hora en que estaba más cansada y menos amable consigo misma. De día podía restarle importancia. A medianoche, a solas, cada publicación se sentía como una prueba.

Eso empezó a colarse en sus días. En el trabajo andaba apagada. Dejó de ir a los almuerzos con sus amigas del colegio porque no quería que le preguntaran “¿Y tú qué cuentas?”. Dejó de publicar, porque nada de su vida le parecía digno de una foto.

Lo peor era la culpa. Eran personas a las que quería. Quería alegrarse por ellas, y una parte de ella se alegraba. La otra parte llevaba la cuenta en silencio, y en esa cuenta ella siempre iba perdiendo.

Lo que ayudó

Lo que ayudó a Valeria a dejar de compararse con los demás

El primer cambio fue pequeño y un poco vergonzoso. Pasó las aplicaciones a una carpeta en la última pantalla y empezó a cargar el celular en la cocina. Sacó un despertador viejo del cajón para que el celular no tuviera ninguna razón para estar en la cama. Sin él al lado, las noches de pasar y pasar publicaciones casi se acabaron.

También silenció unas cuantas cuentas que siempre la hacían sentir poca cosa. No le avisó a nadie ni eliminó a nadie de sus contactos. Podía volver a activarlas cuando se sintiera más firme.

Después probó algo que le sugirió su hermana mayor. Antes de abrir cualquier aplicación, anotaba tres cosas de su propio día. Las cosas pequeñas contaban: que el vigilante de su edificio se acordara de su nombre, terminar un informe antes de tiempo, el audio de su mamá contándole que ya estaban saliendo los rocotos en la huerta. Al principio le pareció una tontería. A las dos semanas notó que buscaba esas cosas durante el día.

El cambio más grande vino de una conversación. Valeria por fin fue a almorzar con sus amigas y les confesó que las había estado evitando. Una de ellas se rio y le dijo: “Amiga, yo me he estado comparando contigo”. Valeria no tenía idea. Otra admitió que sus fotos de compromiso escondían un año de presión familiar. Resultó que todas en esa mesa le llevaban la cuenta a alguien.

En la iglesia evangélica a la que iba, su grupo pequeño estaba leyendo Filipenses. Valeria empezó a orar por la comparación misma. Le contaba a Dios qué publicaciones le dolían, le pedía ayuda para alegrarse por los demás y le pedía paz para aceptar su propio ritmo. Filipenses 4:6-7 se volvió el pasaje que leía antes de dormir, en papel, en la cocina, lejos del celular.

Algunas semanas seguían siendo difíciles. En esas, le escribía a una amiga en vez de quedarse bajando por la pantalla. “Otra vez me dio el bajón con las redes”, escribía, y alguien la llamaba.

Prueba esto hoy

Esta semana: tres cosas buenas de tu propio día

  1. Esta noche, carga el celular fuera de tu cuarto.
  2. Silencia tres cuentas que siempre te dejan con la sensación de ir atrás. Puedes volver a activarlas después.
  3. Mañana, antes de abrir cualquier aplicación, anota tres cosas buenas de tu propio día. Las pequeñas cuentan.
  4. Cuéntale a un amigo o a una amiga cómo te han estado haciendo sentir las redes.

Un versículo para hoy

Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús.

Filipenses 4:6-7

Para ti

Si las redes te hacen sentir que vas atrás

Si estás leyendo esto en la cama después de un buen rato en redes, trátate con cariño. Sentirte poca cosa después de las redes es una reacción común cuando ves los mejores días de mucha gente, tarde en la noche y a solas. Tu valor sigue siendo el mismo, publiques o no.

Prueba una cosa esta semana. Carga el celular fuera de tu cuarto, silencia tres cuentas que siempre te duelen o anota tres cosas buenas de tu propio día antes de abrir una aplicación. Después cuéntale a un amigo o a una amiga cómo te han estado haciendo sentir las redes. Puede que le pase lo mismo.

Si la comparación se volvió un peso que se queda casi todos los días, o dura más de dos semanas y te afecta el trabajo o el sueño, habla con un médico o con un psicólogo. Es un paso normal, y la ayuda funciona.

Si quieres un lugar para empezar esta noche, HopeBegins es gratis. Elige cómo te sientes y recibes una cosa pequeña para probar hoy, herramientas para calmarte, alguien que ore por ti y líneas gratuitas donde alguien te escucha. Si el peso ya va más allá del celular, la página Cuando todo te cansa es un buen lugar para empezar.

¿No estás bien hoy?

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Lo que otras personas preguntan

¿Cómo dejar de compararme con los demás en redes sociales?

Empieza con límites pequeños: deja el celular fuera de la cama, silencia las cuentas que siempre te duelen y fíjate en las cosas buenas de tu propio día antes de abrir las redes. Hablar con sinceridad con tus amigos también ayuda, porque casi todo el mundo se compara con alguien.

¿Por qué me siento mal después de ver redes sociales?

La mayoría publica sus mejores momentos, así que terminas comparando tu día común con lo mejor de los demás. Ver redes tarde en la noche, con cansancio, hace que esas comparaciones pesen más.

¿Es normal sentir que todos avanzan menos yo?

Sí, es muy común, sobre todo cuando ves en redes los logros de mucha gente al mismo tiempo. Cada vida tiene su propio ritmo, y la parte difícil casi nunca se publica. Si ese sentimiento dura más de dos semanas o te quita el sueño, habla con un médico o con un psicólogo.

Las citas bíblicas son tomadas de la Reina-Valera (1909), de dominio público.